Lun. Abr 15th, 2024

Dice Dennis Lehane (Boston, 58 años) que en sus novelas evita a toda costa escribir de dos personas sentadas en una cocina hablando de sus vidas. Sin embargo, es este espacio de su residencia en Venice, California, el que elige el escritor superventas para hablar de su nuevo libro, Golpe de gracia (Salamandra, traducción de Aurora Echevarría). Es la decimoquinta obra de Lehane, que comenzó a escribir en 1994 convirtiéndose en uno de los grandes nombres de la novela negra y un exitoso showrunner con Black Bird (Apple TV). Golpe de gracia ha tenido una acogida excepcional en Estados Unidos. “Fue un libro muy placentero para escribir, pero no es un libro placentero para leer. Estaba exorcizando algo, no sabía muy bien qué. Hasta que supe que era rabia. La había cargado desde los nueve años”, afirma Lehane.

Ambientada en su Boston natal, la novela es una de sus obras más autobiográficas y utiliza como telón de fondo la llamada crisis de los buses. Un juez de distrito ordenó en 1974 mediante un fallo el fin de la segregación en las escuelas públicas de la ciudad. El instituto con más alumnos negros envió pupilos a la mayor escuela blanca. Esta hizo lo mismo a la inversa. La decisión desencadenó una reacción que tensó racialmente a una ciudad de clase trabajadora en un caluroso verano. En el libro proyecta su larga sombra la mafia irlandesa y el capo que la encabezaba, el tan temible como legendario Whitey Bulger. Capturado en Santa Mónica en 2011, el delincuente inspiró el personaje de Jack Nicholson en Los infiltrados (2006), de Martin Scorsese, el director que después llevó a la gran pantalla Shutter Island (2010), basada en el libro de Lehane. El idilio entre la obra del escritor y el cine empezó pronto, cuando en 2003 Clint Eastwood adaptó Mystic River. Hoy, Lehane considera que está listo para dirigir después de haber aprendido de estos maestros del cine.

Usted tenía nueve años cuando se produjo la crisis de los buses. ¿Qué recuerda de esos días?

Mucho. Los nueve años son muy particulares. Lo he notado con mis hijas. A esa edad es el primer gran desprendimiento de narcicismo. Comienzas a ver el mundo y entender que eres parte de algo más grande. Cuando comencé a escribir este libro, la primera parte de la investigación fue en realidad una comprobación de datos. ¿Esto pasó en realidad? ¿Fue así como sucedió? Mucho de esto estaba en las fotografías de Eugene Richards. Cuando las vi de nuevo me dije: “Sí, ok, eso es lo que vi”. Eran sobre todo grafitis. Nunca lo olvidé. Decían “KKK [las siglas del Ku Klux Klan], maten a todos los n…”, “regresen a África”. Por toda la ciudad de Boston, pero especialmente en Dorchester, donde vivía…

En una de las protestas quedó atrapado en un coche.

Sí, era una manifestación, pero se sentía como si fuera una revuelta. Mi padre volvía a casa y era la ruta que siempre tomábamos. Después de cruzar un puente girábamos a la derecha, pero por algún motivo no lo hicimos. Se fue derecho y entramos directamente en la manifestación. Era enorme, ocupaba nueve cuadras. Atravesamos en medio de todos. Golpearon nuestro coche. Estaban quemando unas efigies en unos postes. Era medieval. Era algo del final de Frankenstein. Loco y muy aterrador.

¿Es su primer recuerdo político?

Lo fue. Entonces pensé ¿por qué peleamos unos con otros? Y recuerdo muy bien una idea específica, aunque estoy seguro de que no era tan articulada: la gente con dinero tenía el mayor interés en que los que no lo tenían se pelearan entre ellos. Ver este asunto con este prisma me permitió entenderlo desde varios puntos de vista. De un lado, los estudiantes afroamericanos, a quienes se les había impedido el acceso a las escuelas durante nueve años seguidos. El sur de Boston iba a la vanguardia bloqueando cualquier intento de integración entre 1965 y 1974. Había mucha gente racista allí, sin duda. También había un grupo, donde se encontraba mi padre, que supo que no se trataba de otro caso más donde se nos decía qué hacer, sino que seríamos conejillos de Indias de un experimento social.

¿Cuánta importancia tuvo para Boston este episodio?

Fue enorme. El germen de esto fue Ben Affleck. Cuando hicimos Adiós, pequeña, adiós (2007) hablábamos en el set. Me dijo: “Oye, ¿cuándo hará alguien algo de la crisis de los buses?”. Nadie puede entender Boston si no comprende ese momento. Te afectó si creciste en la ciudad, no en los suburbios. Fue un evento sísmico. Cambió tantas cosas… Es la razón por la que la clase trabajadora blanca no lee The Boston Globe. La razón por la que la clase blanca trabajadora se movió hacia el Partido Republicano y Reagan. La razón por la que tantos chicos terminaron en escuelas católicas. Y lo peor de todo es que las escuelas están hoy peor. Están más segregadas.

Esto lo acompaña desde la infancia. ¿Cuándo supo que quería escribir un libro sobre ello?

Fue en Nueva Orleans. Dirigía un programa de televisión y llevaba sin escribir prosa tres o cuatro años. La presión sobre la producción, en tiempos del covid, comenzó a elevarse. Había tormentas eléctricas diarias que nos obligaban a parar. Un calor sin piedad, un huracán. Todo lo que podía salir mal. Necesitaba algo de cordura. Comencé a pensar en una mujer. Vi a esa mujer moler a palos a un tipo en un bar. ¿Quién es ella?, pensé. Después oí la historia de una mujer de México que había cazado a los miembros de un cartel que habían matado a su hija. Pensaba en eso y en una película que amo de los setenta, Get Carter. Llevaba 15 años buscando una historia de Boston y pensé: ¿qué tal si pongo a mi mujer en el verano de 1974?

¿Tuvo la tentación de usar al mafioso Whitey Bulger como personaje? Hay uno que está claramente basado en él.

No. Me he resistido siempre a todo trabajo que debe lidiar con esos tipos. He conocido a varios. Hay una pátina de estatura que se les da y no la merecen. Hicieron que toda una generación se enganchara a la heroína. No son el jodido Vito Corleone. No hay honor en esta historia. Son tipos sucios y ambiciosos que esclavizaron a muchos a las drogas. No me interesa ennoblecerlos en lo más mínimo. Y por encima de todo eran informantes. Yo soy de un barrio donde no se habla con la policía. Si eres una rata, eres lo peor de lo peor.

Retrato de Dennis Lehane.Dan Balilty

En un giro de guion, usted y él bebieron en el mismo bar de Santa Mónica.

La noche en que lo atraparon estaba en el bar irlandés Sonny McLean. Todos hablaban de él. Fue muy extraño. Un tipo que lo conocía y se lo topaba a menudo me dijo que lo que más resaltaba en él es que era la persona más racista que podías conocer. Solo hablaba de cuánto odiaba a los negros.

En 2017, al hablar de la crisis de los buses en una universidad, utilizó usted la palabra “negrata”.

No estuve en mi derecho de usar esa palabra si ofendí a un afroamericano. Si ofendió a algún bebé woke que se paga su educación con un fondo de inversión, me importa un carajo. Que vaya a encontrarse un espacio seguro a otra parte. Trataba de dar contexto. Quería decir que aquellos viejos tiempos no eran buenos. Que no me hablen de ese pasado dorado que Fox News vende todos los días. Por supuesto que era maravilloso para la gente blanca. Me dejé llevar por la pasión y cometí un error, pero pedí disculpas inmediatamente.

Su personaje, Mary Pat, usa mucho esta palabra. ¿Fue una forma de digerir el episodio?

Puede ser. Creo que entonces se perdió mucho de lo que dije en el escenario por haberla usado. El discurso tuvo una ovación de pie durante cinco minutos, pero todo lo que se dijo es que usé la palabra con N. Una parte de mí pensó que se perdieron el punto. La gente tiene que entender lo malas que eran las cosas cuando la gente no hablaba en código. Es la misma situación hoy. Nada ha cambiado. Los hijos de estos racistas serán racistas, pero saben ponerlo en código. Fui muy firme con el lenguaje. Tuve muchas peleas con mi editor por esto. Le dije que no la iba a quitar. Es lo que la gente decía. Lo sé porque lo viví.

El libro llegó en un momento en el que Estados Unidos está viendo varios derechos anulados por decisiones judiciales.

Es un momento horrible. Es espantoso, pero no puedo decir que me sorprenda. Con esto viví y sé que siempre fue una corriente subterránea. Hubo gente que pensó que con Obama habíamos entrado en una etapa posracial. ¿Están locos? La raza ha definido a este país desde el principio. Es el pecado que no podemos superar. He pasado mucho tiempo en el sur, donde llaman a la guerra civil un conflicto de derechos entre Estados. Viven en negación total. Los años de Trump me impactaron por el racismo oculto detrás de un fino velo.

Ha descrito su hogar como Irlanda en 1930. De valores muy tradicionales. Usted es el más joven de cinco hijos. Y dos se dedican a las artes. ¿Cómo fue crecer en su casa?

Muchos asumen que mis padres se opusieron a que fuera escritor. Para nada. Me apoyaron siempre. Mi padre era muy antirracista en casa, a pesar de que tenía el racismo básico de aquella generación. Se enojaba si el vecino vendía su casa a una familia negra porque iba a bajar el valor de la propiedad. Ese tipo de cosas. Pero lo admiro mucho. Diría en la mesa, durante la crisis de los buses, que no había motivos para odiar a nadie por su color de piel. El sueño de mi padre es que trabajara para la empresa de servicios públicos. Cuando llevaba cinco libros publicados, aún me avisaba cuando el servicio postal estaba contratando.

¿Qué impacto le dejan los personajes mentalmente?

Ninguno. Ya no. Eso tuvo su momento máximo con Shutter Island y Mystic River. Fueron dos golpes verdaderamente duros. Ahí sí sentí que me estaba dañando. En Mystic River porque tuve que meterme en la cabeza de un hombre al que le atraían los niños. Fue brutal. En Shutter Island me tuve que meter en la cabeza de un hombre que la había perdido, su mente había colapsado porque había hecho una cosa horrible.

¿Qué cambió?

Te haces profesional. En cierto punto ya no necesitas cigarrillos ni whisky para terminar. En mis años tempranos eran un paquete de American Spirit y un pack de seis cervezas Budweiser. Así escribía, pero después iba mentalmente a lugares oscuros. No entendía mi psique muy bien. Y sobre todo no entendía las historias del todo. Ahora soy mayor y he trabajado mucho.

El escritor Dennis Lehane con su perro en el jardín de su casa.
El escritor Dennis Lehane con su perro en el jardín de su casa.Dan Balilty

Si el trabajo sale fácil es que has hecho algo mal, dijo en alguna ocasión.

Lo sigo creyendo. Este libro fluyó muy bien, pero diré que emocionalmente me llevó a rincones muy oscuros. A menudo me preguntaba si debía seguir. Me decía que sí. Una y otra vez.

¿Han cambiado el cine y la televisión su forma de escribir?

Ahora soy mejor con las estructuras. Mis libros son algo elásticos. Mystic River y Shutter Island son más sólidos. Muchos tienen un lapso largo al final. Cuando filmábamos Adiós, pequeña, adiós, volví a ella a pesar de que intento no regresar a mi obra. Y me dije: “Dios mío, Lehane, ¿cuántos malditos prólogos necesitas?”. Hay como tres. Eso no lo haría hoy, entraría directo. Lo que le pasa a la gente que escribe libros pensando mucho en la pantalla es que su prosa pierde riqueza. Yo no quiero perder nunca el amor por la prosa.

¿Cómo cambió Mystic River su vida?

Todo cambió. Estuve en una convención de escritores de misterio, alrededor de 1998. Me encontré a dos personas que conocía bien en un ascensor. Una me dijo: “Él conoce las tiendas que informan a The New York Times de los libros más vendidos. Hay una lista”. Es uno de los secretos mejor guardados, es como la receta de la coca-cola. En ese momento les respondí: “Oigan, yo nunca voy a escribir un best seller. Soy demasiado oscuro”. Recuerdo el momento exacto en que llegué a la lista. Estaba en Dallas. Una mujer tenía al teléfono a mi editor. Así me enteré. Esas dos personas fueron las primeras que me vinieron a la mente. Deben odiarme, pensé. El otro gran evento que me cambió la vida fue The Wire.

¿Por qué?

Fue producto del amor. Nos pagan poco. Lo hicimos porque queríamos mucho a David [Simon, el creador de la serie] y la visión que tenía. Y HBO nos dejó en paz. Nos decían: “Nadie os está viendo, así que nos importa una mierda”. Nadie vio The Wire hasta la quinta temporada. Así que estábamos trabajando en lo que fue quizá la serie con peor rating en televisión. Después Hollywood comenzó a llamar. Nos pedían hacer algo y les decíamos: “Pero no hicimos eso en The Wire”. “OK”, nos respondían. Nos trataban distinto que a otros escritores. Nos convertimos en los tipos a los que había que dar la mayor libertad posible.

Usted no quería venderle Mystic River a Clint Eastwood.

Pensé que la cagarían. Había visto algo recientemente tan malo que pensé que a Hollywood no se le podía confiar los libros. No me di cuenta entonces de que cuando trabajas con Clint Eastwood no estás trabajando con Hollywood. Él es un autor, aunque odiaría el término. Warner pidió cambiar el final o solo le darían la mitad del presupuesto. Clint les dijo: “Está bien, pero que sepan que les voy a asesinar en la prensa”. Y fue y consiguió los otros 21 millones de Village Roadshow. Y los mató en cada entrevista que tuvo. Con una sonrisa en la boca, además. “Warner no creyó realmente en esta película”, decía. Incluso después de las seis nominaciones al Oscar. Así fue como me convenció. Me dijo por teléfono que no cambiaría el final.

Ahora tiene un libro sobre Boston y la crisis de los buses. ¿Ya llamó a Ben Affleck?

Esta es mía. Nadie la va a tocar. Vendí los derechos casi inmediatamente a Apple. Será una miniserie. Estoy escribiendo todos los guiones y probablemente dirija los episodios. Hay demasiado de mi vida en este libro.

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