Jue. Abr 18th, 2024

La prehistoria es, en gran medida, un misterio. Sin escritura, no ha dejado relatos, solo ruinas, polvo y huesos. Pero acontecimientos grandes y pequeños quedaron registrados en el interior de estos huesos. Cuentan historias que la humanidad no ha aprendido a leer hasta hace apenas 10 años, cuando las técnicas modernas de secuenciación del genoma empezaron a funcionar. Fue entonces cuando científicos de la Universidad de Copenhague se pusieron a investigar el material genético de 1.600 restos humanos, principalmente del Neolítico y el Mesolítico. Empezaron entonces una investigación titánica que cristaliza este miércoles en la publicación cuatro estudios en la revista Nature. “Nos hemos llevado muchas sorpresas”, explican los autores. “Y estamos seguros de que hay muchas más esperando a ser descubiertas”. Los resultados proporcionan información sobre la historia europea de los últimos 15.000 años y destacan cómo las migraciones del pasado explican quiénes son y por qué enferman los europeos modernos. La genética ha abierto una ventana a un pasado remoto y desconocido que arroja luz sobre el presente.

Se sabe que los europeos tienen hoy hasta un 80% más de probabilidades de desarrollar esclerosis múltiple que las personas de origen asiático. Que los europeos del norte son más propensos a sufrir esta enfermedad autoinmune del sistema nervioso que los del sur. Ahora, también se sabe por qué. Esta predisposición se empezó a formar hace unos 5.000 años, cuando llegaron al continente los pastores de la estepa póntica, una zona que se extiende por parte de la actual Ucrania, el sur de Rusia y la frontera de Kazajistán. Se cree que las variantes genéticas asociadas con la esclerosis tuvieron una ventaja inmunológica para estos pastores, en un momento en que aumentaban las enfermedades infecciosas por su contacto directo y prolongado con el ganado.

“Es un ejemplo muy bonito de cómo los cambios en el estilo de vida pueden aumentar o disminuir el riesgo de enfermar o incluso introducir nuevos patógenos”, explicó en la presentación virtual del estudio Astrid Iversen, viróloga de la Universidad de Oxford. “Nuestro estilo de vida ha cambiado gracias a la higiene, tenemos menos contacto con los animales y vemos menos beneficios en estas variantes, que pueden degenerar en respuestas autoinmunes, pero es importante darse cuenta de que esto es algo nuevo, de los últimos 200 años”.

Los mismos genes que hace milenios nos empezaron a proteger de nuevas enfermedades, llevan un puñado de décadas revolviéndose contra nosotros. Pero cabe pensar que en el futuro, si el ambiente no varía, estas mutaciones se irán descartando para adaptarse a la nueva realidad. “Una de las cosas que hemos visto es que los genes relacionados con el sistema inmune se seleccionan dependiendo de los patógenos con los que este tiene que lidiar, las variaciones genéticas dependen del ecosistema”, explicó la viróloga. Esta idea, reconoció, ya se ha manejado como hipótesis con anterioridad. “Pero no se ha demostrado de una forma tan clara como lo hemos visto nosotros, tenemos una evidencia sólida”.

Otro análisis ha rastreado las variantes genéticas asociadas con el riesgo de diabetes y el alzhéimer. Y ha concluido que están relacionadas con la ascendencia de cazadores-recolectores occidentales. Una vez más, esta mutación genética, que hoy tiene efectos negativos, tuvo en su momento cierto sentido desde el punto de vista evolutivo. “La combinación de genes que predispone a sufrir alzhéimer tiene también efectos protectores en el embarazo”, señaló la doctora Iversen. “Hay una ventaja enorme, especialmente en poblaciones donde muchos niños mueren jóvenes y donde la esperanza de vida no va a ser muy alta, así que el alzhéimer no tendría mucho impacto”.

No se puede tratar algo sin saber de donde viene, y estos estudios dan una idea muy clara del origen de las enfermedades, resumió en la presentación Rasmus Nielsen, biólogo de la Universidad de Berkley. El análisis, explicó, pone en evidencia que la evolución genética supone aceptar un cierto balance: “Hay mutaciones que pueden ser protectoras en un ambiente y negativas en otro. Esto nos da una visión global que puede desmitificar el origen de estas enfermedades”.

Por qué en el sur de Europa son más bajos

El estudio genético también explica aspectos más triviales, pero igualmente interesantes. La estatura media de un hombre en España se sitúa en 1,76 centímetros, mientras que en Holanda está en torno al 1,84. Estas diferencias de altura entre el norte y el sur de Europa son de sobra conocidas, pero gracias a este análisis se sabe que empezaron a gestarse hace miles de años. Estarían asociadas con una ascendencia esteparia diferencial, no tanto con cuestiones de selección o alimentación actual. El estudio también pone de manifiesto cómo el genoma humano cambió al modificar la dieta, con la llegada de la agricultura. Lo interesante, señalan los expertos, no es tanto lo que revela sobre nuestro pasado, sino ponerlo en contexto con los mapas genéticos actuales.

“En estos vemos que existen estas diferencias entre Europa del norte y del sur; o del este y el oeste”, explica en conversación telefónica el genetista del CSIC Carles Lalueza-Fox, que también ha participado en el estudio. “Pero no somos capaces de saber a cuánto se remontan estas, ni de entender por qué han ocurrido”. Disponer de una escala temporal de genomas permite hacerlo. Antes teníamos una fotografía, ahora se han ido añadiendo fotogramas anteriores, componiendo una película. “En los últimos años hemos estado reconstruyendo las migraciones. Pero ahora, a partir de ellas, se está proporcionando una explicación del origen de la enfermedad”.

Se cree que tres grandes migraciones han dado forma a la diversidad genética de las poblaciones modernas de Eurasia occidental: la llegada de cazadores-recolectores de hace unos 45.000 años, la expansión de los agricultores neolíticos de Oriente Medio de hace unos 11.000 y la llegada de los pastores esteparios hace unos 5.000 años. “Estas tres grandes ancestralidades tienen frecuencias distintas de genes que predisponen a ciertas enfermedades”, señala Lalueza-Fox. “Entonces, puedes verlas y compararlas”. El estudio, de hecho, cotejó el genoma antiguo con el de unos 410.000 europeos blancos actuales del Reino Unido. Así, los investigadores pudieron cuantificar la proporción de material genético de estas poblaciones prehistóricas en los europeos modernos y su relación con ciertas enfermedades.

El genetista destaca como fortaleza de este estudio el hecho de que haya secuenciado los genomas enteros. “La mayoría de trabajos se limitan a genotipar un millón de posiciones variables en el genoma, de las cuales te salen la mitad. Con eso ya tienes bastante como para hacer genética de poblaciones”, explica. “Pero aquí se ha secuenciado todo el genoma, lo que da más capacidad de rastrear fenómenos”.

La parte más débil del estudio, por contra, se debe a una limitación arqueológica. El ADN se conserva mejor en climas fríos que en aquellos templados y cálidos, especialmente si han pasado miles de años. “Hay un sesgo claro hacia zonas del norte, porque se han conservado pocas muestras en el sur de Europa”, lamenta el experto. De hecho, uno de los cuatro estudios se limita a Dinamarca, al analizar los cambios demográficos, culturales y de dieta de la población danesa en la prehistoria.

En cualquier caso, este estudio añade 1.600 genomas prehistóricos a una base que ya sobrepasa los 10.000. “Y en pocos años, la cifra se va a doblar”, apunta Lalueza-Fox. “Es una progresión exponencial, limitada solo por el número de individuos disponibles”. La carrera por arrancar la historia de la prehistoria pasa por yacimientos milenarios y modernos laboratorios. Herramientas del pasado y tecnología del futuro que se combinan para leer relatos que nunca fueron escritos en libros, sino en el corazón de los huesos.

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