Lun. Abr 15th, 2024

Charles Beaumont (1929-1967) fue un autor norteamericano que escribía sus historias desde los márgenes, llegando a traspasar las fronteras del género, ya fuese negro, de terror o de ciencia-ficción, como el relato que hoy nos ocupa y que se titula Padre, querido padre.

En el citado relato, Beaumont nos acerca hasta la famosa paradoja del abuelo, la misma que dice que una persona realiza un viaje a través del tiempo y mata a su abuelo antes de que este tenga descendencia, de tal manera que el viajero del tiempo nunca podría haber sido concebido y esto se supone que es contrario a toda lógica. Pero, en este caso, Beaumont realiza una variante; cambia al abuelo por el padre, consiguiendo un relato gamberro que da la vuelta a la paradoja. El volumen en el que aparece esta pieza acaba de ser publicado recientemente por el Paseo editorial; una selección de narraciones donde, además de viajes en el tiempo, también encontramos incursiones en la física cuántica y en los universos paralelos.

Con la lectura de los relatos de Beaumont nos adentramos en las paradojas científicas, pues, lo de viajar en el tiempo se enfrenta con el principio de causalidad, por el cual se postula que las causas preceden a los efectos y nunca al contrario. De este conflicto obtenemos dos categorías de paradojas, por un lado tenemos las paradojas de la incoherencia, donde el efecto vuelve al pasado para impedir su causa, como en el caso de la paradoja del abuelo que Beaumont convierte en literatura; como segunda categoría tenemos las paradojas de la predestinación o bucle causal que son las paradojas originadas por un efecto cuando este se convierte en su propia causa de tal manera que, el viajero del tiempo, al retroceder al pasado se da cuenta que es su propio abuelo.

Como ejemplo de esto último también tenemos las litografías y dibujos de M. C. Escher (1898-1972), figuras imposibles que nos vienen a decir que el principio de causalidad no se cumple en una curva cerrada de tipo tiempo, ya que, un efecto es simultáneo con su causa. Para ilustrar esto, Escher realizó otra de sus litografías imposibles, la tituló Ascending and Descending y la realizó a partir de la escalera que ideó el físico y matemático británico Roger Penrose inspirado, a su vez, por los ingenios de Escher.

Porque la citada escalera de Penrose es una estructura imposible que viola los fundamentos de la geometría euclidiana. Con ello, el bucle causal también se puede trasladar a la relación de hechos, en este caso a la inspiración que serpentea del arte a la ciencia, de Escher a Penrose; dos hombres completando la misma escalera que los trae de vuelta a la creación artística, dando lugar a una imagen fascinante de un monasterio donde los monjes suben y bajan siguiendo una curva cerrada de tipo tiempo. Lo hacen de tal forma que cada uno de los monjes que hay en la escalera está a la vez delante y detrás de los demás monjes, es decir, que no sabríamos señalar a un monje como el primero o como el último.

Con esto, Escher conjugó ciencia y arte para ilustrarnos acerca de cómo se viola el principio de causalidad hasta conseguir el bucle causal, de la misma manera que Charles Beaumont, tres años antes, en 1957, viola también el principio de causalidad cuando publica una historia descarada y gamberra como variante de la paradoja del abuelo, ejemplo fundacional de paradoja de incoherencia.

En definitiva, en el mejor de los casos, si nos proponemos viajar al pasado lo mejor que nos puede suceder es convertirnos en nuestra propia abuela.

El hacha de piedra es una sección donde Montero Glez, con voluntad de prosa, ejerce su asedio particular a la realidad científica para manifestar que ciencia y arte son formas complementarias de conocimiento.

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