Lun. Abr 15th, 2024

Desde las ventanas del suyo en el barrio de San Blas, en Madrid, no se ven el río Arno ni la cúpula de Santa María de las Flores de Brunelleschi, pero esos estudios florentinos renacentistas, con un ejército de manos laboriosas al tajo, son el ideal al que aspira Daniel Canogar (Madrid, 1964). El arte como oficio; ingenieros, arquitectos trabajando codo a codo con pintores en pro de un mismo fin. Esa es su visión. Hace pocos meses, en octubre, grafiteó la fachada del Museo Reina Sofía. Una proyección, en realidad; imágenes abstractas generadas por un algoritmo a partir de los trending topics de X de esos instantes. Una obra irrepetible. Pocos artistas han sabido mirar el mundo que les rodea como Canogar: lleva desde los ochenta hablando de sobreinformación y sus efectos anestésicos, de memoria que se pierde, de tecnología, de obsolescencia —de ordenadores viejos o DVD como arqueología de nuestra civilización—, de cambio climático, de sostenibilidad…

En la planta baja suena una radial y huele a viruta de hierro. Ahí trabaja su hermano, el escultor Diego Canogar. Daniel aguarda a la vuelta de dos tramos de escalera. Durante tres décadas ha convivido en este edificio, rodeado de talleres mecánicos, bares de menú del día y vecino de este periódico, la saga artística que comenzó su padre, el pintor Rafael Canogar (Toledo, 1935). Rafael fue uno de los fundadores del Grupo El Paso, responsable de traer a España corrientes como el informalismo o la abstracción matérica, que abrieron este país al mundo en pleno franquismo. Casi podría afirmarse que —y entiéndase la exageración— puede estudiarse el devenir del arte español desde la segunda mitad del XX hasta hoy fijándose solo en lo que ha sucedido en este anodino bloque con portón de garaje y aire fabril.


Pregunta: ¿Cómo marcó su mirada haber crecido en una casa de artistas? ¿Era consciente de la anomalía? ¿Qué recuerdos guarda?

Respuesta: Esa afición, esa pasión por el arte de mi familia, eran cuanto conocía, eran mi casa, y por tanto mi normalidad. Luego, visitando a amigos, me di cuenta de la rareza que suponía. Estanterías llenas de libros, de catálogos de arte. Uno que me marcó especialmente fue el del alemán Wolf Vostell [pionero de la instalación, el videoarte, el happening y parte del movimiento Fluxus], amigo de mis padres. Su estética me provocaba tanto miedo como fascinación. Como otro recuerdo que creo que de alguna manera se afincó en mi subconsciente. Apiladas en un pasillo y en el sótano había unas piezas de mi padre, que en aquella época estaba haciendo sus figuras negras, lo que él denominaba realismo social: piezas que exudaban dramatismo, que hablaban de torturas y manifestaciones… Toparse de noche con aquellas figuras humanas podía ser muy inquietante. Una sensación que creo que ha terminado aflorando en mi propia obra.

P. Su familia materna es estadounidense. Esos dos mundos, tan distintos entonces, ¿le dejaron también alguna huella?

R. Visitar a mis abuelos en California era abandonar la grisura del hormigón y de aquel Madrid todavía rancio, todavía despertándose de la dictadura, para adentrarse en un sueño de céspedes y jardines, de aspersores y bicicletas con los que jugar. Para mí aquello era Disneylandia, puro esplendor. Era un lugar de libertad y experimentación. Hoy, aunque sigo volando frecuentísimamente a Los Ángeles, donde tengo otro estudio, esa imagen de EE UU se me ha degradado mucho. Ya no me brota una sonrisa al pensar en aquel país. Su situación social y política es durísima y preocupante.

El artista Daniel Canogar trabaja en una de sus piezas nuevas, en su estudio del barrio de San Blas (Madrid). Fotos: MOEH ATITAR

Una de las instalaciones con videoproyección del artista en su estudio, en este caso con teléfonos móviles obsoletos.

Canogar posa frente a una pieza de arte generativo: mediante un algoritmo, la pantalla transforma en imágenes abstractas irrepetibles información de internet.

Instalación con videoproyección de Daniel Canogar en el estudio del artista.

En su estudio, el artista Daniel Canogar atesora bien ordenados desechos tecnológicos que, en su obra, adquieren una nueva vida.

El protagonista de esta entrega de Talento a bordo, al poco de cumplir la mayoría de edad, “deprimido por un sistema educativo retrógrado que no le daba los estímulos que necesitaba”, empujado por unas ardorosas “ganas de escapar”, se marchó a Nueva York, a realizar allí un máster de Bellas Artes con especialización en Fotografía, mientras sobrevivía ganándose el pan con trabajos de poca monta (recogiendo abrigos en un ropero, por ejemplo). “Me cambió la vida. Éramos solo 12 alumnos en la promoción. Cada mes y medio tenías que presentar un proyecto que tus tutores destrozaban. Pero eso fue un impulso crucial para mí: ¡me estaban prestando atención! ¡Se estaban tomando en serio mi trabajo! Así comenzaron mis investigaciones artísticas”.

P. ¿Diría que esa es la primera piedra que se topa el que aspira a ser artista? ¿Tomarse su talento en serio y trabajarlo contra viento y marea para que dé frutos?

R. Las carreras artísticas de cualquier tipo: literarias, musicales… tienen un componente psicológico fundamental. Los creadores somos, y esto no se menciona a menudo, bastante inseguros. Muy autocríticos. Nos machacamos. Y es normal. Cuesta mucho creer que esa primera pincelada, ese primer croquis o esa primera frase puedan llegar a convertirse en algo, en una obra importante. Solo cuando adquieres experiencia comienzas a asumir que los primeros pasos van a ser siempre torpes; que cualquier proyecto, por monumental que termine siendo, es un camino largo que empieza a andarse modestamente. El proceso artístico es, para mí, algo mágico, tiene vida propia. ¿Pero cuántas obras y artistas fabulosos se pierden por no haber sido capaces de cruzar ese primer puente para descubrirlo?

P. ¿Qué hay que hacer ante esa duda? ¿Qué aconseja para perseverar?

R. El primer equipo profesional de fotografía y vídeo que compré ni siquiera sabía cómo iba a pagarlo. Invertir en mí mismo fue una forma de obligarme, de tomarme en serio. Cuando te la juegas, no queda más remedio que comprometerte. Y eso mismo he seguido haciendo a medida que avanzaba mi carrera: contratar a un ingeniero, un programador, una directora de comunicación… Es un riesgo, pero he aprendido que siempre compensa. Te rodeas del mejor equipo posible y, al final, ¡mi pequeño milagro!, cada mes consigues de alguna forma financiarlo. La parte puramente material de la ecuación, la económica, es muy importante. Por suerte ya se superó el paradigma del artista romántico y bohemio. Pero también lo es acudir al estudio a diario, como cualquier profesional va a su lugar de trabajo. Especialmente, el día después de haber sufrido una gran decepción: cuando te enteras de que aquel concurso público al que optabas le ha sido concedido a otro artista o de que tu obra no ha sido seleccionada para alguna exposición, ese es el momento de regresar al estudio.

MI DEFINICIÓN

“El talento del artista es atreverse, creer en uno mismo y jugársela. Luego, se aprende trabajándolo, de proyecto en proyecto es como alguien se vuelve talentoso”

Canogar suscribe aquella frase de Matisse: “Cada niño lleva dentro de sí un artista”. Es la sociedad, opina, la que extingue esa sensibilidad al no estimular la curiosidad; son los colegios los que minusvaloran la creatividad. Para Canogar, “igual que el sueño mientras dormimos nos ayuda a digerir la realidad en la que despertaremos, el arte nos sirve como herramienta para reaccionar ante el mundo”. El arte es “mediación, necesita del creador tanto como del espectador, por eso a mí siempre me ha interesado llegar a un público amplio, al ciudadano”, confiesa. “Porque concibo mi trabajo artístico como una vía de conocimiento y de cuestionamiento del tiempo que nos ha tocado vivir”.

Vídeo-escultura de LED creada para la anterior presidencia española de la UE.

‘Travesías’ (2010), Consejo de la Unión Europea, Bruselas, Bélgica. FOTO: @ Studio Daniel Canogar

Instalación pública permanente con 6,5 millones de teselas de vidrio reciclado cubriendo los techos abovedados de los dos puentes peatonales del río Manzanares.

‘Constelaciones’ (2010), Parque de Madrid Río, Madrid, España. FOTO: @ Studio Daniel Canogar

Las imágenes proyectadas son resultado de una performance participativa: el público fue grabado mientras se arrastraba por un croma, generando el vídeo abstracto de la intervención.

‘Storming Times Square’ (2014), Times Square, Nueva York, EE.UU. FOTO: @ Studio Daniel Canogar

Las tres inmensas pantallas escultóricas entrelazadas recogían cada pulso de los paseantes a través de sensores situados en la barandilla para crear las imágenes proyectadas y una experiencia audiovisual única.

‘Dinamo’ (2021), Pabellón Español, Expo Dubái 2020, Dubái, Emiratos Árabes Unidos. FOTO: @ Studio Daniel Canogar

Pieza digital generativa que reacciona en tiempo real con los trending topics de X, traducidos a la estética de una pintada vandálica sobre la fachada del museo.

‘Scrawl’ (2023), Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, Madrid, España. FOTO: @ Studio Daniel Canogar

P. Pues sí que se parece el mundo que estamos dejando a las generaciones futuras a lo que pronosticaban sus obras: tecnología que rápidamente se convierte en basura, desastres ecológicos, desmemoria…

R. No soy ningún adivino, reflexiono y reflejo lo que veo al mirar alrededor. Ahora mismo necesito pensar sobre el mundo algorítmico en el que vivimos, sobre redes sociales y comunicación (o incomunicación), sobre el horizonte que lleva décadas planteando la inteligencia artificial y que ahora se ha acelerado… Yo necesito afrontar todo esto para no sentirme sobrecogido y anulado.

P. Ha intervenido con sus proyecciones e instalaciones desde favelas de Brasil hasta la puerta de Alcalá en Madrid, desde edificios de Italia o Canadá hasta museos como el Reina Sofía o el Prado, desde el Parlamento Europeo hasta la mismísima plaza de Times Square en Nueva York… ¿Qué se siente al jugar, por decirlo de alguna manera, “la Champions League” del arte mundial?

R. No sé si me atrevo a afirmar que juego en esa liga. Pero es verdad que proyectos como los puentes de Matadero [en Madrid] o el aeropuerto de Tampa (EE UU), además de los que mencionas, me han ido dando la posibilidad de crecer. El arte público te permite plantearte obras de más envergadura, con más presupuesto, precisamente para llegar a un público mayor. Aunque también te obliga a ser un artista más organizado y disciplinado.

P. ¿Cómo suele reaccionar el público ante manifestaciones artísticas como las suyas, tan poco convencionales?

R. Cuando se me acerca alguien y me pregunta: “¿Qué significa?” o “¿Puedes explicarme tu obra?”, yo siempre respondo: “¡No!, ¿qué es lo que ves tú?”. Tenemos que aprender a ver, a observar con detalle; sin el espectador conectando con la obra, el arte no existe. Hay que animar a la gente a perder el miedo a decir algo inapropiado. Ese, ¿ves?, es un talento que necesita explotar este país: hay que perder la vergüenza a expresarse.

El talento del artista…

Pantallas LED flexibles que dibujan imágenes siempre cambiantes, fibra óptica que proyecta formas sobre un enjambre de cables o que se refleja en la brillante superficie de un CD… Canogar combina su talento para enjuiciar el mundo que lo rodea con una habilidad única para generar experiencias sensoriales a partir de residuos tecnológicos que, gracias al arte, cobran nueva vida.

…y el talento del gestor

“Cuanto mayor es la dimensión de un artista, más ‘mails’ tiene que mandar y menor será el tiempo del que disponga para su obra”, afirma. Con Canogar trabaja en la actualidad un equipo de 10 personas, desde los ingenieros y programadores que hacen posibles sus piezas tan tecnológicamente avanzadas y vanguardistas, hasta los expertos que lo asisten con la gestión y la comunicación, facetas fundamentales para la viabilidad de su carrera.

Toda la cultura que va contigo te espera aquí.

Suscríbete

Babelia

Las novedades literarias analizadas por los mejores críticos en nuestro boletín semanal

RECÍBELO