Jue. Abr 18th, 2024

Muchos de los mitos en los que se fundan las naciones europeas modernas surgen en la conocida época de las grandes migraciones, poco después de la caída de Roma y hasta el año mil. En esa época, hacia el 722 d.C., se sitúa la batalla de Covadonga, con la que los visigodos, supuestamente, comenzaron la reconquista de la península Ibérica, los franceses celebran la victoria en la batalla de Poitiers frente a los musulmanes alrededor de la misma fecha y los húngaros rememoran su llegada a la zona que hoy ocupa su país, desde Asia, un siglo después. Muchas de las historias que se cuentan de aquella época, en la que no abundan los documentos, llegaron al presente en relatos escritos mucho después, o se reconstruyeron a partir de yacimientos arqueológicos. El estudio de la genética antigua, que permite indagar en el linaje de aquellos pueblos, se ha convertido en una herramienta para reconstruir mejor la historia y, en algunos casos, cuestionar mitos. Esta semana, un artículo que se publica en la revista Cell, muestra lo que dice el ADN sobre la población actual y pasada de Balcanes, una región donde la identidad étnica ha azuzado conflictos intensos.

Los investigadores extrajeron ADN de 136 individuos sacados de 20 yacimientos, que incluyeron grandes ciudades romanas, campamentos militares y algunas localidades rurales, y dividieron el estudio en tres fases, el periodo de expansión imperial (1-250 d.C.), el imperio tardío (250-550 d.C.) y los siglos tras el colapso de Roma (550-1000). En la primera etapa, los historiadores, que junto con arqueólogos locales colaboraron en el estudio, se mostraron sorprendidos por la ausencia de ascendencia italiana. En su lugar, aquel imperio, en el que se produjo una primera globalización, estaba poblado por personas procedentes de la región que ahora es Turquía, el centro y el norte de Europa o la estepa que se extiende al norte del Mar Negro. Esto se puede deber a que, aunque la capital estaba en occidente, la parte oriental del imperio estaba mucho más poblada.

Una de las ciudades estudiadas fue Viminacium, junto al Danubio, en la actual Serbia. Con más de 40.000 habitantes en sus días de esplendor, también era un gran campamento militar. En esta región de frontera nacieron 18 emperadores romanos, en una época en la que se elegían para el puesto los mejores guerreros, y allí nació Constantino I, el emperador que acabó con la persecución de los cristianos en el siglo IV. De esa primera etapa es el cuerpo de un joven analizado en este estudio, de unos 16 años, procedente del este de África, en la actual Etiopía o Sudán, muy lejos de los límites del imperio. “A partir de los siglos III y IV, en Viminacium, encontramos una mezcla de germánicos y gente de las estepas, algunos con cráneos deformados, porque los hunos hacían eso con los niños para diferenciar a las élites”, cuenta Carles Lalueza-Fox, investigador del Instituto de Biología Evolutiva de Barcelona (CSIC-Universitat Pompeu Fabra) y coautor del estudio publicado hoy.

Un cráneo deformado por una práctica cultural propia de los hunosCarles Lalueza-Fox

Las invasiones de los eslavos, hacia el siglo VI, destruyeron Viminacium, que nunca se volvió a reconstruir, y hoy se ha convertido en un gigantesco yacimiento arqueológico en el que ya se han excavado más de 10.000 tumbas. Según explica Lalueza-Fox, en el periodo posterior a la llegada de los eslavos es donde el ADN ofrece una información más delicada, sobre todo por las posibles implicaciones políticas. Aunque la genética confirma el peso de la llegada eslava, la mezcla con las poblaciones mediterráneas se queda, aproximadamente, en el 50%, un resultado insatisfactorio para algunos. “Cuando fui a explicar los resultados preliminares a la Academia Nacional de Ciencias de Serbia, hubo académicos que no estaban de acuerdo con los resultados, porque ellos tenían la idea de que son solo eslavos, y con estos resultados podrías reivindicar de la misma forma una identidad mediterránea”, recuerda el investigador. Esta ancestralidad muestra los efectos de la invasión de aquellos bárbaros que entraron por el Danubio desde el norte y fueron poblando los Balcanes hacia el sur, llegando a lo que hoy es Grecia, incluidas las islas del Egeo.

La identidad étnica suele tener consecuencias políticas. Los serbios son los eslavos del sur y allí hay una afinidad con Rusia, incluida su política en Ucrania, muy superior a la del resto de Europa. “Hay una interpretación oficial de la arqueología paneslava, de una época en la que se iban a formar a Rusia, que quiere creer que son 100% eslavos”, continúa Lalueza-Fox. Estudios como el que presenta hoy Cell ya se han utilizado con intereses políticos.

En 2019, el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, reaccionó a la publicación en Science Advances de los resultados del análisis de ADN de hace 3.200 años en un yacimiento filisteo en Ascalón, en el actual Israel. En una serie de tuits, que muestran el interés de estos estudios para los políticos nacionalistas, afirmó que, “como sabemos por la Biblia”, el ADN confirmaba el origen de los filisteos en el sur de Europa, y descartaba la relación entre este pueblo y los palestinos. “La conexión de los palestinos con la tierra de Israel no es nada comparada con la conexión de 4.000 años que los judíos tienen con la tierra”, concluía.

Otro caso similar es el que cuenta Howard Wolinski en un artículo publicado en la revista Embo Reports. En 2019, Miklós Kásler, director del Instituto Nacional de Oncología de Hungría, publicó el análisis genético de los restos del rey Bela III, del siglo XII, y observó que el ADN mitocondrial del monarca pertenecía a un grupo con una amplia distribución por Europa y Asia. Kásler, sin embargo, interpretó sus propios hallazgos de una forma más espectacular en declaraciones al periódico nacionalista Magyar Idők, asegurando que sus resultados mostraban que la casa de Árpad, fundadora del Reino de Hungría, era de procedencia eurasiática. Esta interpretación sustenta el relato del presidente Viktor Orban, que coloca el origen de su nación entre los guerreros de los hunos de Atila. Kásler fue nombrado después ministro por Orban y creó el Instituto para Estudios Húngaros, algo que ha generado preocupación porque se haga un uso de la ciencia con intenciones políticas.

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